ODIO LA NAVIDAD
Mientras las calles se adornan de miles de luces de colores y los escaparates se adornan con colores alegres, los papa noeles publicitarios- a veces cutres, a veces patéticos, raramente creíbles- pululan por las calles más céntricas repartiendo caramelos y los villancicos suenan en los altavoces de tiendas y calle. Miles de personas avanzan hacia la navidad arrastrados por una especie de inercia ancestral, cargando en su ánimo un sentimiento que contradice el ambiente festivo. "Odio la navidad, no me hace ilusión, ya no es como antes, me trae malos recuerdos, es un aburrimiento, tengo que cocinar para todos, es una ruína, es un aburrimiento", .... ¿Qué impulso masoquista nos lleva a celebrar - si es que este estado de ánimo puede celebrar algo - una navidad que nos produce tales penas?
Tal vez los que tenemos una cierta edad y hemos vivido el cambio de la navidad de los años 60 hasta ahora, deberíamos recordar qué significaba la navidad entonces, que nos producía tanta alegría.
La nochebuena en mi recuerdo comenzaba la tarde en la que todos colaborábamos para que mi madre tuviese tiempo para hacer la cena. Una cena en la que no había grandes complicaciones: bacalao con coliflor, o un capón con patatas y los postres típicos de la navidad: turrón, mazapanes, polvorones, higos y uvas pasas,..., cosas que no probábamos el resto del año y que suponían todo un manjar. Algo realmente especial. Después de una cena animada por charlas y bromas, algún villancico.
Hasta mediados de los 70 creo que nisiquiera había televisión después del discurso de Franco. Quizàs una película de tema religioso o la retransmisión de la misa del Gallo desde Roma.
Supongo que nuestros padres tendrían algún recuerdo nostálgico de algún ser querido que ya no estaba - algún abuelo y, por supuesto Juan Carlos, el hermanito que pasó de los cinco meses - pero los niños no lo notábamos. En todo caso, los componentes de la ilusión eran la convivencia especial, el nacimiento con su niño, su virgen con S. José, la mula el buey y, por supuesto, el castillo de Herodes, y una cena con manjares sólo disfrutables en navidad. Si algún año había alguien especial - algún pariente de visita-, la fiesta se multiplicaba. ¡Qué poco se necesitaba para crear una ilusión!
A medida que nos fuimos convirtiendo en una sociedad más avanzada, más integrada en el mundo occidental, más rica y más consumista, las cosas cambiaron. Una mejor situación económica permite que la mayoría de los manjares navideños los podamos disfrutar con cierta frecuencia, con lo cual hemos perdido la ilusión por la comida. Una mayor integración en el resto del mundo, hizo que llegara Papá Noel que, si bién de entrada creó una noche de reyes adelantada, a medida que los niños fuimos creciendo, se apoderó de tal forma de la nochebuena, que ha convertido la sobremesa en un derroche de papel de regalo, cajas, móbiles, mp3, cámaras digitales, más móbiles, .... Y, por supuesto, en vez de villancicos o charlas de gente que, a veces, no se ve mucho, leyendo las instrucciones de todos estos aparatejos, que no existían hasta hace 6 ó 7 años, y ahora parece que no podemos vivir sin ellos. En vez de charlar de nosotros o montar el guateque con los nietos y los abuelos charlamos de los artilujios y nos olvidamos del factor humano.
Marisco, cordero, vino de marca, artilujios de regalo, .... Nada de esto ha conseguido sustituir a la familia compartiendo unos sabrosos manjares especiales, aunque corrientes desde la perspectiva actual, cantando y bromeando la vispera de navidad. La felicidad no es cuestión de cantidad, sino de escepcionalidad._(Ya sé que es un poco tarde para hablar de la navidad, pero lo tenía sin terminar desde hace un par de meses. Ahí va)