Dentro de los múltiples deterioros que sufre la sociedad actual, hay uno especialmente doloroso, porque afecta a la calidad de vida en su sentido más básico e imprescindible: la salud.
Venimos de una época en que el servicio funcionaba bien o muy bien: lo viví con mis padres de mayores y con mis hijos cuando eran niños. Había citas con prontitud razonable, cuando hacía falta; las listas de espera no eran desesperantes, tenías un médico de cabecera que te conocía y te resolvía la mayoría de los problemas leves con facilidad por ello, porque sabía de qué pata cojeabas, …
En la actualidad, el médico no te conoce – al menos en mi caso: 3 distintos en 4 años-, las revisiones que solían ser protocolarias dependiendo de la edad, han dejado de serlo en muchos casos, porque han cambiado los protocolos que, por ejemplo, no te conceden una revisión urológica a no ser que tengas una PSA alarmante, a los 70 años. Además, te tiras un año o más en la “lista de espera de la lista de espera” – sí llevo un año con una cita pedida por la oftalmóloga que me atendió el año pasado y no tengo cita. Por cierto, el año pasado tuve que acabar resolviendo mi problema en un oftalmólogo privado, que supongo es uno de los fines del desastre actual.
La falta de médico de familia coordinador de todo lo que se haga con su paciente acaba produciendo un efecto absurdo, porque cuesta más dinero, pruebas, tiempo y deterioro del paciente, que luego costará más curar, si no se “pierde” en la espera.
Finalmente, conseguir una cita con el especialista es tarea de paciencia o sufrimiento, dependiendo de la incomodidad o penalidad que te produzca la patología.
Todo esto es causa de sufrimiento, bajas que no se producirían y una triste e insoportable sensación de abandono por parte de la administración; la sensación de que eres un número, un peón en el ejército de contribuyentes que ven como su dinero se utiliza en muchas cosas innecesarias, mientras lo imprescindible queda manga por hombro.
Para rematar, me gustaría apelar a la condición de “más constitucionalistas que nadie” de nuestros gobernantes, muy preocupados por los artículos que hacen referencia a la unidad de la patria y el respeto a instituciones intocables y hasta inviolables, mientras se olvidan sistemáticamente de los artículos que se refieren al bienestar de los ciudadanos: vivienda, trabajo digno, salud, educación de calidad, impuestos progresivos, etc..
Seguramente aumentaría mi patriotismo – si trabajar 42 años,7 más de los que podía haber trabajado, no es suficiente-, y el de todos los ciudadanos, si se ocupasen más de la gente y menos de defender sus puestos y tomar caras medidas populistas, como la gratuidad general de las matrículas universitarias; cargándose un sistema más justo, sensato y que había funcionado muy bien durante décadas, de conceder becas a quién las necesitaba, por poner un ejemplo. Y esto sí está en el espíritu de la Constitución.
Arturo Neira
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